Mi perro, me adoptó. Gracias Turqui.

Me gusta mucho pasear y  suelo aprovechar las ultimas horas de la tarde para hacerlo por una carretera bastante solitaria próxima a mi domicilio.
El día 28 de abril del 2011 , volviendo ya hacia casa, noté como algo se movía entre unos matorrales, no había casi luz y me acerqué algo temerosa a ver de que se trataba. En el momento que llegaba, un pequeño perrito de color blanco y gris empezó a alejarse, supongo que asustado por mi presencia.

Parecía un caniche, comencé a seguirlo y llamarlo pero no se volvía, aceleré mis pasos y cuando llegué a su altura dio media vuelta y se alejó de nuevo. Así estuvimos un buen rato, en algún momento incluso se puso en peligro por la proximidad de coches circulando.El perro parecía sordo, no reaccionaba a mi voz, y cuando al fin lo alcancé, temblaba de miedo. Llamé pidiendo ayuda a mi marido y después de hablar con la guardia civil que nos derivó a la policía local, nos dijeron que teníamos que llevarlo a la perrera. Al ser ya casi las 12 de la noche estaba cerrada y opté por llamar a una amiga veterinaria que me indicó que si me lo podía quedar esa noche, por la mañana le haría una revisión y miraría si llevaba microchip para poder así devolverlo a su casa.

Esa noche le di leche y salchichas. Poco a poco fué confiando en mi para terminar comiendo de mi mano y finalmente quedarse dormido como un ovillo sobre la alfombra del salón.
Fue entonces cuando me dí cuenta de que existía alguna razón por la que ese perro había aparecido en mi vida y me vi sentada delante del ordenador buscando el nombre adecuado para él. En principio pensé que le iría bien “Leno”, pero no me convencía del todo. Despues de un par de días de duda, al fin, lo llamé Turqui.

Por la mañana a primera hora en la clínica veterinaria observaba nerviosa como pasaban el lector de microchip. Lo hicieron varias veces mientras mi amiga me miraba sonriente intuyendo mi ansiedad por el resultado. No encontramos nada, dijo. Si has “pensado” en quedártelo deberías hacer una analítica completa que descarte enfermedades graves o contagiosas para vosotros.¡¡ Que alegría tan grande me llevé.!!..les dije que le fueran haciendo la analítica y que si le podían dar un buen baño. Mi amiga, veterinaria, me dijo “Pili ese perro estaba ahí porque ibas a pasar tu, te estaba esperando”.

Después de todo este tiempo de convivencia hay gente que aun me dice que Turqui tuvo mucha suerte, pero en realidad fui yo la que tuve mucha suerte de encontrarlo.
Turqui tiene entre 10 y 15 años, una audición casi nula, sufre cataratas muy avanzadas e insuficiencia cardíaca.
Me siento afortunada porque allá donde esté yo (tengo alfombras preparadas para él en casi todas las estancias de la casa) se coloca sobre la alfombra, se hace un ovillo, se relame su hocico y vuelve a dormir.
Soy una afortunada porque cuando se queda solo en casa al abrir la puerta, se pone nervioso, ladra, se me sube a las piernas, se le acelera el corazón y solo se tranquiliza si me pongo con el en el suelo y lo acaricio, se que no debo hacer eso, pero es la única forma de que se relaje.
Soy una afortunada porque cuando no me ve, me busca y cuando me encuentra espera a que me siente, posa sus patitas delanteras sobre mis rodillas y con una de ellas me da en el brazo para que lo acaricie y le haga cosquillas. Cuando ha tenido suficiente apoya, su cabeza de lado sobre mis piernas durante cinco segundos, luego la sube, me mira y se va.
Soy una afortunada porque olfatea mi estado de ánimo. Apenas oye, ni ve pero es capaz de adivinar si necesito cariño. Me intuye triste y entonces no busca una alfombra donde tumbarse…sino que se coloca justo a mi lado y se enrosca casi sobre mis pies.

Las cosas pasan por algún motivo. El azar no es tan loco como creemos, a veces es sabio y sabe poner las tildes en la letra correcta. Pero esta historia de cariño no acaba aquí. Continuará…

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